31/08/2010

10 ideas para influir cristianamente con Facebook

10 ideas para influir en Facebook

Después de las dos guías anteriores: cómo influir cristianamente en internet en 10 pasos y 16 pasos para escribir en internet y que muchos te lean, varios me habéis pedido ideas para influir concretamente en Facebook. Os dejo esta guía de 10 ideas para influír con Facebook.

Aquí van 10 ideas que me sirven y os pueden ayudar:

A) Cuando alguien entra en Facebook:

Nada más entrar en Facebook, vemos la actividad de nuestros amigos ordenada en función de 3 criterios. De modo que las noticias aparecen más arriba si:
- Son más recientes
- Tienen más comentarios
- Tienen más "likes" o más gente ha dicho que "me gusta"

Las que tienen pocos puntos, no aparecen. Las que tienen más puntos, aparecen más arriba y durante más tiempo. Por tanto, si una noticia te parece interesante:

1 Pincha en "like" o "me gusta"

2 Coméntala: aunque sea diciendo ":-)" o "qué buena noticia!". De cara a Facebook, que es un programa, da los mismos "puntos" un comentario de una palabra que un tratado de un catedrático.

Con lo anterior, consigues que las noticias que han publicado tus amigos aparezcan más arriba para sus amigos cuando éstos entran en Facebook. Además, haces que Google muestre esas noticias más arriba en las búsquedas, porque Google cuenta cada "like" o cada comentario en Facebook aproximadamente como un enlace o link que recibe esa noticia.

3 Pincha en "compartir": esa noticia también llegará a tus amigos en cuanto entren en Facebook. Si muchos pinchan en compartir, la noticia puede recorrer el mundo en cuestión de horas. Porque "compartir" significa: quiero que la vean todos mis amigos.

B) Sin necesidad de que se entre en Facebook:

Hay una serie de actividades de Facebook, que automáticamente generan un mensaje que llega por e-mail a los usuarios a su cuenta de correo. La gente puede modificar las configuraciones que vienen por defecto, pero habitualmente no lo hace. A continuación me referiré a las configuraciones por defecto.

4 Escribe en el muro de alguien o mándale un mensaje privado: eso genera un e-mail automático a esa persona, con el mensaje. Y, además, si estaba en el muro todos los que entren en su perfil, podrán leerlo.

5 Haz grupos: en los grupos de menos de 5.000 miembros, puedes mandar un mensaje a todos los miembros del grupo. Puedes usarlo como un boletín de noticias o newsletter. Ese e-mail, además de llegar a su bandeja de entrada de Facebook, le llegará a su cuenta de correo.

Pregunta frecuente (FAQ): ¿Es mejor hacer un grupo o una página? Mejor un grupo, porque puedes mandar un e-mail a todos los miembros, si el grupo tiene menos de 5.000 miembros

C) Conectar con más gente en Facebook: Influirás más en Facebook, si estás conectado con más gente. Por tanto:

6 Acepta a desconocidos que te agreguen como amigo: esta idea tiene su letra pequeña. No la recomiendo para menores de edad. Además, antes de aceptar a alguien desconocido, pienso que es mejor ver su perfil, para ver qué tipo de persona es, porque tal vez al verlo te das cuenta de que no te interesa estar en contacto con esa persona :-)

7 Participa en grupos o comenta en páginas: así más gente te conoce y, si les intersa lo que dices, te pueden agregar como amigo. De modo que ya estáis en contacto.

8 Tu perfil de Facebook: cuando alguien quiera informarse sobre ti, entrará en tu perfil. Ahí puedes poner links a páginas interesantes. Además, según la información que pongas, la gente podrá encontrarte por el buscador de Facebook.

9 Si tienes blog o página web, pon en un lugar visible la dirección de tu perfil de Facebook, para que la gente pueda agregarte

10 Pon en tus e-mails tu perfil de Facebook: puede ir en tu firma, de modo que salga automáticamente en cada e-mail abajo

D) Aporta tu granito de arena:

Ahora llega el momento de que comentes abajo, y me cuentes otros sistemas que empleas y te dan buen resultado en Facebook. Soy todo oídos :-)

Y, por último, te dejo mi perfil de Facebook, para que me agregues si quieres.


noticia copiada de "Opus Dei al día"

27/08/2010

ya basta de prsiones y abusos

pues dejen de captar a los menores de edad, que ya basta de presiones y abusos
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Es lo que la mayoría pedimos al gobierno de España, que dejen en paz a nuestros niños, pero no hay modo: educación para la ciudadanía, legalización del aborto, consumo legal de drogas... Por suerte muchos padres ponen en marcha clubs juveniles atendidos por gente del Opus Dei, donde a los niños y adolescentes se les enseñan virtudes, valores, fomento del estudio y diversión sana. ¡Gracias a Dios que existe esta alternativa!

23/08/2010

Conclusiones Año sacerdotal

Reproducimos el artículo de Mons. Javier Echevarría que publica hoy en su portada el periódico vaticano L'Osservatore Romano.


21 de agosto de 2010
Javier Echevarría // L'Osservatore Romano

Para ser testigos del Evangelio en el mundo


EL FUTURO DEL AÑO SACERDOTAL

Opus Dei - Edición del 21 de agosto de 2010.
Edición del 21 de agosto de 2010.

El Año sacerdotal concluyó el pasado 16 de junio. Nos separa un lapso tan breve, que cabe afirmar su actualidad. Por esto, más que proceder a una valoración, miremos las reacciones personales ante lo que la Iglesia ha promovido. ¿Qué ha ocurrido en este Año sacerdotal? ¿Qué impacto ha producido en nosotros, sacerdotes, convocados por el Romano Pontífice a recorrerlo ayudados por la figura de ese ejemplar hermano, san Juan María Vianney?

Estas preguntas reclaman respuestas que cada uno puede darse a sí mismo ante Dios, en la intimidad de su oración. Sin llegar a ese nivel, que trasciende los límites de un artículo, vayamos por un camino menos personalizado, no menos exigente: evocar los objetivos señalados por Benedicto XVI y, desde ahí, sacando consecuencias, orientar el pensamiento hacia el futuro.

“Este año -escribía el Papa en la carta de convocación- desea contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo”. Citaba también unas palabras que repetía con frecuencia el Cura de Ars y que el Catecismo de la Iglesia ha acogido: “el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”. Para comprenderse a sí mismo, el sacerdote no ha de limitarse a considerar su tarea pastoral; ha de ir mucho más allá, hasta llegar a Cristo, en cuya humanidad reverbera todo el vivir trinitario y en quien ese vivir trinitario se abre a los hombres.

Desde ahí se comprende la hondura de otras palabras de san Juan María Vianney, citadas por el Romano Pontífice: el sacerdote “no se entenderá a sí mismo sino en el cielo”. Sólo en el cielo, al advertir el don infinito e inefable de la entrega de Dios al hombre, el sacerdote saboreará su propia y plena realidad. Dios no sólo ha querido comunicarse a los hombres; ha tomado nuestra misma naturaleza en Cristo Jesús; ha instituido la Iglesia y llamado a hombres determinados a quienes, con el sacramento del orden, convierte en sus ministros e instrumentos. La “audacia de Dios”, que “aún conociendo nuestras debilidades, considera a los hombres capaces de actuar y de presentarse en su lugar”, que confía en nosotros hasta “abandonarse en nuestras manos”, esa audacia es “la grandeza que se oculta en la palabra «sacerdocio»” (Benedicto XVI, homilía en la clausura del Año sacerdotal).

Con homilías, cartas y alocuciones pontificias, celebraciones, congresos y reuniones de reflexión, jornadas de oración, se han reiterado por el orbe esas grandes verdades, convocando a todos y especialmente a los sacerdotes a una nueva, profunda y gozosa conversión. Porque no se saborea ese exceso de amor divino propio del sacerdocio, sin sentirse personalmente comprometidos a ser –como solía decir san Josemaría Escrivá de Balaguer- “sacerdotes cien por cien” (homilía Sacerdote para la eternidad, 13-4-1973).

Opus Dei -

¿Qué supone esta invitación? Responder a esta pregunta requeriría una larga exposición sobre la teología y la espiritualidad del sacerdocio, pero no resulta aventurado detenerse en tres consideraciones fundamentales:

a) reclama ser conscientes de la dignidad del sacerdocio, del valor y la riqueza que implica esa condición, para que esa realidad impregne la totalidad de la conducta; dote de autenticidad los momentos de la existencia, con la certeza de que, a pesar de nuestra pequeñez, Cristo quiere utilizarnos para comunicar al género humano los frutos de su obra redentora;

b) pide al presbítero identificarse con Cristo, alimentar sus “mismos sentimientos” (cfr. Flp 2, 5), morir a sí mismo para que Él habite en nosotros (cfr. Gal 2, 20): sentirse urgido a ser hombre de Eucaristía, vivir la Santa Misa con la fe de que en cada celebración se perpetúa el sacrificio de Cristo, muerto y resucitado, que viene al encuentro de su Iglesia y del sacerdote, para atraerlos hacía Sí y conducirlos con el Espíritu hasta la intimidad filial con Dios Padre;

c) entraña el afán de servir, cum gaudio en Cristo y por Cristo, a la propia grey, a la Iglesia y a la humanidad, de modo que en su ser, como en el de Jesús, no se dé cabida al egoísmo o a la indiferencia ante las necesidades de los demás. Implica dedicarse con empeño, aunque cueste, a cuanto contribuye al bien de las almas, con una efectiva caridad, en la predicación de la Palabra de Dios y en el sacramento de la reconciliación donde, en nombre y con la autoridad de Cristo, el sacerdote otorga el don divino del perdón.

El Año sacerdotal nos ha situado, en el tiempo y desde el tiempo, ante lo eterno, ante un amor de Dios que no pasa, que no cesa, sino que es siempre joven y activo; con la realidad –feliz, sorprendente, y hondamente verdadera- de que ese amor, visible en Cristo Jesús, trasciende a través de la Iglesia, de cada cristiano y de cada sacerdote. El Año sacerdotal está llamado, sin duda, a producir muchos y variados frutos en la predicación, en la catequesis, en la atención a la liturgia, en los diversos campos de la pastoral, y básicamente en la renovación interior de cada sacerdote, también con el aumento de seminaristas en las diócesis. La “audacia de Dios” de la que habló Benedicto XVI en su homilía del 11 de junio, nos convoca a todos –como señalaba el Romano Pontífice- “esperando nuestro sí”.



+ Javier Echevarría

Prelado del Opus Dei

de opusdei.es

12/08/2010

Perú con el Padre

Mons. Javier Echevarría, Prelado del Opus Dei, viajó a Perú el pasado mes de julio. Este es un resumen de los encuentros que mantuvo con diferentes públicos (09’10’’).


- En el pueblo de Cañete, y yo como su alcalde, queremos nombrarlo huésped ilustre y darle la llave de la ciudad.


- Todo este cariño vuestro, que agradezco con toda el alma, es cariño, afecto y oración por este sacerdote santo, que supo amar a todo el mundo y puso su corazón en San Vicente de Cañete y Yauyos. ¡Cuánto ha rezado por vosotros! ¡Cuánto os ha querido aquí en la tierra! ¡Y cuánto reza por cada uno desde el Cielo!

- En Vallegrande me han enseñado que a través de mi trabajo estoy amando a Dios cada día. Padre, mi pregunta: ¿qué debo hacer para que mucha gente valore este tipo de trabajo y se den cuenta de que se puede hacer con profesionalidad cuando cuidamos los detalles?

- Muy bien, me da mucha alegría, que Dios te bendiga. Tú eres, porque así lo ha querido Dios, un testimonio de eso que San Josemaría repitió durante toda la vida: que no hay profesiones que no sean importantes. A todos los que estáis aquí os digo: acompañad al Señor todo lo que podáis. Una prolongación del amor a la Eucaristía es querer a su Vicario en la tierra. Que no falte en vuestro día una oración por el Papa. Ahora mismo, podéis estar diciendo: "Señor, ¡ayuda al Papa!", y eso ya es oración, fijáos qué facil. Ayudadle porque os quiere con toda el alma.

- Usted que estuvo tan cerca de san Josemaría, ¿puede decirnos qué esperaba de los alumnos de esta Universidad?

- Esperaba que fuéseis mujeres y hombres cristianos, de una pieza. Que paséis por esta Universidad formándoos profesionalmente, pero sabiendo que hay una coordinación total entre razón y fe, entre ciencia y fe, y que la fe tiene que informar toda nuestra vida. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Que Dios os bendiga! Peruanas y peruanos, ¡quereos mucho! Quereos mucho pasando por la cruz. Pasando por ese amor de Dios que nunca os abandonará. Y si alguna vez le hemos dejado, podemos volver a Él a través del sacramento de la Confesión. Haced apostolado de la confesión, haced apostolado viviéndola.

- Mi nombre es Germán, Padre. He trabajado en la Universidad de Piura 20 años y desde hace 3 trabajo en el campus de Lima. Me gustaban mucho los libros y por ello visitaba con frecuencia la biblioteca central de la universidad así que al final me enamoré de la bibliotecaria...

- ¡Ya ves qué caminos tiene el Señor!

- ... que también es hija suya, y me casé con ella. Tenemos siete hermosos niños. El último es el mejor, Joaquín. Cuando nació el médico me comunicó que tenía síndrome de Down y tiene también algunos rasgos autistas. Entre todos nos turnamos cada día para atenderlo, pero a veces él nos gana con sus travesuras, y realmente, aunque todos lo amamos mucho, nos da bastante trabajo. ¡Él sólo es cómo otros tres niños, Padre! Padre, ¿cómo podemos ver la mano de Dios detrás de este hijo, y qué les puedo decir a mis hijos para que ellos tengan paciencia y ánimo con su hermano? A veces mi esposa Avi y yo nos imaginamos ver a Joaquín ya curado, y nos damos cuenta de que eso será ya en la otra Vida, en el Cielo. Todos nosotros le queremos mucho, Padre.

- Gracias, porque nos habéis dado un testimonio de auténtico sentido cristiano, de auténtico sentido materno y paterno. Yo me uno a este aplauso. Diles a los niños que tengan paciencia, que el Señor les ha hecho a ellos normales para que quieran más a su hermano, que el Señor les ha dado cualidades que su hermano no tiene para que las pongan a su servicio. Así crecerán fuertes, amables y servidores. No dudéis ni tú ni tu esposa que ese hijo es una verdadera bendición. Que tú y tu esposa Avi con vuestros hijos miréis a esa criatura como un don de Dios, para que viváis cristianamente y así podáis ayudar con disponibilidad a todas las necesidades de ese hijo. Queredle porque todos estamos necesitados. Y viendo cómo le amáis podéis fomentar en la gente la idea de no dejarse llevar por el egoísmo, por encerrarse en el propio yo. Y después te sugiero que ya que te has casado con la bibliotecaria, cada vez que veas un libro, piensa: "¡Qué estupendo! ¡Este fue el motivo de que yo encontrara a mi media naranja!". Os doy la bendición con toda mi alegría, pidiéndoos que seáis mujeres y hombres llenos del optimismo cristiano, porque cristiano es mujer u hombre que tiene la alegría de Dios. Si perdemos esa alegría, volvamos a Dios a través de la Virgen, que hoy es su fiesta.

Que el Señor esté en vuestros labios, en vuestros corazones, en vuestra alegría... ¡en vuestros matrimonios! En que os queráis más y hagáis una labor de apostolado que sea continua. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. ¡Gracias a todos!

de opusdei.es

10/08/2010

La batalla continúa...

La mayoría de la gente no sabe ni lo que es la Iglesia Católica, como para encima saber lo que es el Opus Dei.

Que nadie se engañe, pues para saber lo que es el Opus Dei, hay que vivirlo. No vale con informarse en una página web, ni tampoco ver reportajes de televisión.

Ahora, en internet, ese medio masivo de comunicación, se libra la batalla de la información. Se lucha por que unas voces se oigan más altas que otras. Los dos bandos, los de siempre.

Uno de ellos es el conjunto de los opusdeístas, partidarios de esta polémica institución, que impulsados por el AOP (Apostolado de la Opinión Pública) y para defender su imagen, se lanzan a defender este modo de vida a capa y espada. No necesariamente han de ser miembros.

Los otros, los ex-miembros. Detractores, que dejaron la institución porque se sentían engañados y descontentos con ese modo de vida. Luchan también porque se oiga su voz más allá de la información "oficial".

Al final, los que están convencidos, cada día lo están más. Los demás, espectadores atónitos, que no saben nada y buscan un poco de luz, acaban más confundidos que antes.

Como en toda batalla, los dos atacan y defienden.

¿Quién tiene razón? Para mí, ambos. Cada uno ve lo que quiere ver. Las cosas no pueden ser y no ser a la vez, pero no todo es blanco o negro.

Si el Opus Dei a pesar de sus errores -son humanos, los tienen y los conozco-, endereza el camino, durará mucho tiempo y conseguirán acercar a mucha gente a Dios. De lo contrario se hundirán como lo han hecho antes tantas otras instituciones católicas, todas "muy de Dios". El tiempo lo dirá...

La cuestión es: ¿ve el Opus Dei esos errores? Y si es así, ¿lucharán por corregirlos?
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Bienvenido a estos foros, que de cosas planteas de una vez, voy a contestarte lo poco que se y vivo pero seguro que hay gente que lo hace mucho mejor que yo.

Es verdad mucha gente no conoce la Iglesia Católica sobretodo en algunos paises y mira por donde la han conocido a traves de alguien del Opus Dei que ha ido a ese pais o de algún misionero, gracias a Dios hay muchas instituciones por el mundo que dan a conocer la palabra de Dios.

Hay una cosa que no estoy de acuerdo contigo
Que nadie se engañe, pues para saber lo que es el Opus Dei, hay que vivirlo. No vale con informarse en una página web, ni tampoco ver reportajes de televisión.
en esta vida todo no hay que vivirlo, ni pasarlo, sino sería agotador. Yo se que es un sacerdote y te aseguro que nunca seré porque no es para lo que estoy en esta tierra - por ejemplo.

Internet, una revista, un libro son medios para conocerlo si uno lo que quiere es profundizar en algo tiene que conocerlo, así que yo ha esa persona que como tu dicen busca un poco de luz verdaderá le recomendaría que fueran a un centro de la Obra o que hablará con una persona que sepa mas y le pregunte. Siempre digo lo mismo la gente del Opus Dei no somos billetes de 500 € que le gustamos a todo el mundo.

También estoy de acuerdo contigo que cada uno ve las cosas desde su punto de vista, simplemente uno puede estar mirando por un lado y otro por otro quien tiene razón ... no juzgando no nos equivocamos. Eso si tambien tener las ideas claras y saber que es muy dificil que una persona que no haya sido fiel xq no le ha dado la gana luego hable bien de ella, pero eso pasa hasta en lo humano y lo vemos continuamente por desgracia en las parejas que se separan.

Tú lo has dicho el tiempo lo dirá y pondrá a cada uno en su sitio. Si te digo que el Opus Dei es de Dios, formado por personas humanas y como tales nos podemos confundir, meter la pata,...

09/08/2010

hay que vivir el presente con sus circunstancias

Yo me enamore de un agregado del Opus Dei e hicieron todo lo posible por separarnos, Al final lo consiguieron y lo unico que hicieron fue que el se casara y yo me casara con personas distintas y no fuesemos felices y ahora despues de 22 años nos hemos encontrado de nuevo y como si hubiera sido ayer ¡Cuanto sufrimiento! y ahora nos hemos dado cuenta que seguimos queriendonos como hace 22 años pero cada uno con una familia y sin poder renunciar a ella porque ellos no tienen la culpa de nada. En fin no se por que el Señor nos ha puesto a prueba otra vez…. Una malagueña

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Estimada malagueña, supongo que los que “hicieron todo lo posible por separaros” no os obligaron a casaros con vuestros cónyuges. Eso fue resultado de 4 voluntades, y algo verías en tu marido cuando decidiste casarte con él.
Han pasado 22 años en los que habéis vivido, como el resto del mundo, sido felices y pasado penas.
Ahora hay que vivir el presente con sus circunstancias, si lo ves como una prueba del Señor, pídele ayuda para superarla.

06/08/2010

uno que no es de la Obra y yo que sí lo soy

Yo me pasé 22 años en la secta, y para nada estoy agradecido jejeje. La sensación es de abducción y después cierto síndrome de Estocolmo hasta que puedes pensar por ti mismo y te das cuenta hasta que punto has estado en una secta.

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Yo no soy del Opus Dei y no me llego a creer que hayas estado 22 años en un sitio sin querer.
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22 años ¿y no te enteraste de nada?
No te creo lo que dices y me sumo a la opinión anterior, para que veas que uno que no es de la Obra y yo que sí lo soy, coincidimos, porque vivimos una realidad muy diferente a la que pones.

05/08/2010

Carta de agosto del Padre a los fieles de la Obra

El año mariano que atraviesa el Opus Dei y las fiestas dedicadas a la Virgen son una ocasión para hablar de la Madre de Dios en la carta que Mons. Echevarría dirige este mes a los fieles de la Obra.

04 de agosto de 2010

Queridísimos: ¡que Jesús me guarde a mis hijas y a mis hijos!

Os escribo al regreso del viaje que he realizado a algunos países de América del Sur. En Ecuador, Perú y Brasil, además de tener la alegría de reunirme con un buen número de hermanas y hermanos vuestros, y con muchas otras personas, he rezado ante diversas advocaciones de la Virgen. Apoyándome en cada una y en cada uno, he tratado de revivir la piedad con que San Josemaría rezaba ante las imágenes de la Santísima Virgen, y he agradecido a nuestra Madre su constante oración por la Iglesia y por la Obra, pidiéndole que nos siga bendiciendo abundantemente. Sí, he contado con vuestra oración mariana, porque llevo muy grabada en el alma una exclamación de nuestro Padre, en el Santuario de Aparecida, que luego repitió en São Paulo: «le he dicho a la Virgen que quería rezar con mucha fe». Antes, primero en Ecuador, he considerado la estupenda lección de San Josemaría, pues le afectó el mal de altura, el “soroche”, y tuvo que reducir casi completamente su actividad de catequesis, mientras seguía creciendo en su vida personal la devoción a San José y la infancia espiritual: allí estuvo “activamente inactivo” quince días. En Perú, han pasado por mi mente muchísimos recuerdos; entre otros, su alegría inmensa al ver representada una escena que llevaba muy metida en el corazón: la Virgen y San José en adoración a Jesucristo escondido en el Sagrario: ¡con qué cariño se detuvo ante el altar!

Intensifiquemos nuestras muestras de amor a la Virgen, en los meses que aún nos restan para la conclusión de este año mariano. Precisamente el próximo día 15, solemnidad de la Asunción, comenzaremos a recorrer la segunda parte. Procuremos hacerlo con un renovado espíritu filial, al compás de la vida mariana de San Josemaría. «Si en algo quiero que me imitéis —nos dijo innumerables veces—, es en el amor que tengo a la Virgen». Y, en otras ocasiones, nos señalaba: «imitad a Jesucristo, que es el Modelo de todo, también en el amor a su Madre»[1].

El hecho de llegar a la mitad de los meses del tiempo que, con motivo del 80º aniversario del comienzo de la labor de la Obra entre las mujeres, hemos puesto en manos de la Virgen, nos ofrece la oportunidad de hacer un balance de las semanas transcurridas, para impulsarnos a proseguir la andadura a buen ritmo. Especialmente «en las fiestas de Nuestra Señora no escatimemos las muestras de cariño; levantemos con más frecuencia el corazón pidiéndole lo que necesitemos, agradeciéndole su solicitud maternal y constante, encomendándole las personas que estimamos. Pero, si pretendemos comportarnos como hijos, todos los días serán ocasión propicia de amor a María, como lo son todos los días para los que se quieren de verdad»[2].

La solemnidad del día 15 nos invita a poner en práctica con esmero este consejo de nuestro Padre. La grandiosa elección que de Ella hizo Dios desde la eternidad, para que fuera Madre del Verbo encarnado, llega a su culmen cuando es recibida gloriosamente, en cuerpo y alma, en el Cielo. La Asunción de María, que cierra la parábola iniciada con su Inmaculada Concepción, nos incita vivamente a fijarnos con mayor detenimiento en nuestra Madre, a meditar con mayor hondura cómo recorrió Ella su peregrinación diaria en este mundo, hasta llegar a la morada celestial.

En el evangelio de la Misa de esa fiesta, la Iglesia nos propone el pasaje de la Visitación de Nuestra Señora a su prima Santa Isabel. Los Padres y los escritores eclesiásticos han comentado siempre ese episodio como una imagen gráfica de lo que caracterizó la entera existencia de Santa María, definida por su obediencia pronta y alegre a lo que el Señor le indicaba. Desde el fiat que pronunció en la Anunciación hasta ese otro fiat, manifestado sin palabras, al pie de la Cruz, toda la vida de María se resume en una fidelidad completa, sin fisuras de ningún tipo, a la Voluntad amabilísima de Dios.

San Lucas, el evangelista que más nos ha hablado de María, relata con detalle esa visita de la Virgen a Santa Isabel: una escena bien impresa en nuestra memoria —como tantas otras del Evangelio—, porque cada día la contemplamos al meditar los misterios del Rosario. Volvamos a saborearla ahora.

Por aquellos días, María se levantó y marchó deprisa a la montaña, a una ciudad de Judá; y entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y cuando oyó Isabel el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando en voz alta, dijo: “Bendita Tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la Madre de mi Señor a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada Tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor”[3].

A estas palabras de Isabel, la Virgen, inspirada también por el Espíritu Santo, respondió con ese canto de agradecimiento y de alegría incontenible: el Magnificat. No nos podemos detener en todas sus riquezas; sólo deseo resaltar algunos detalles de esta escena, sobre la que San Josemaría meditó profundamente.

San Gabriel comunicó a María que Isabel esperaba un hijo, como prueba de la omnipotencia de Dios; no le pidió, ni sugirió, que fuera a visitarla. Sin embargo, la Virgen piensa que su prima necesita de su auxilio y descubre también en eso una voluntad de Dios. Inmediatamente se dirigió al pueblecito donde residía su anciana prima. Llama la atención ese cum festinatione, con prisa, que San Lucas subraya oportunamente. El motivo salta a la vista, como explicó ya San Ambrosio: «La gracia del Espíritu Santo no admite lentitud»[4]. El Santo Padre Benedicto XVI, siguiendo a ese Doctor de la Iglesia, comenta que «el evangelista, al decir esto, quiere destacar que para María, seguir su vocación, dócil al Espíritu de Dios, que ha realizado en Ella la Encarnación del Verbo, significa recorrer una nueva senda y emprender enseguida un camino fuera de su casa, dejándose conducir solamente por Dios»[5].

El Evangelio nos ofrece la primera lección que aprendemos de nuestra Madre, constante en su conducta: cuando el amor de Dios se nos manifiesta al alma, el deber nuestro que de ahí deriva se concreta en corresponder a su gracia con urgencia, con generosidad plena a esas inspiraciones divinas, sin entretenerse en lo que pudiera significar un retraso o una tardanza. Cuando Dios pasa a nuestro lado —y a todos nos ha llamado y nos llama por nuestro nombre, para que le sigamos muy de cerca—, hay que dejar de lado todo lo que pudiera dificultar ese ir tras de Él, con Él. La existencia entera ha de estar rubricada por esa sagrada prisa que —como afirma el Papa— se requiere en quien sabe «que Dios es siempre la prioridad y ninguna otra cosa debe crear prisa en nuestra existencia»[6].

Recuerdo algunos sucedidos de la vida de nuestro Padre, que nos ilustran cómo nuestro Fundador alimentaba sus prisas para amar más y más a Dios y a la Virgen.

Desde los primeros años de la Obra, a medida que iba prendiendo con mayor fuerza en su alma el cariño a nuestra Madre, sus biógrafos relatan cómo se esmeraba en saludar a Santa María en las imágenes que encontraba en sus recorridos por las calles de Madrid. En una ocasión, anotó en sus apuntes personales el siguiente suceso: «esta mañana volví sobre mis pasos, hecho un chiquitín, para saludar a la Señora, en su imagen de la calle de Atocha, en lo alto de la casa que allí tiene la Congregación de S. Felipe. Me había olvidado de saludarla: ¿qué niño pierde la ocasión de decir a su Madre que la quiere? Señora, que nunca sea yo un ex-niño»[7].

Hacia el final de su vida, cuando ya se encontraba más débil, pasaba un día delante de un relieve de la Virgen sosteniendo al Niño, en Villa Tevere. Quiso besar a la imagen y, como delante había un banco, no resultaba fácil. Se empeñó en cumplir ese gesto. Luego nos invitó a pensar: aunque esto sea una nadería —se refería al esfuerzo que había debido realizar—, vamos a preguntarnos qué manifestaciones de cariño ponemos, con denuedo, para corresponder al amor de Dios y de la Santísima Virgen, ante la gran manifestación de amor que se encierra en la Encarnación. Os traslado la pregunta. ¿Qué esfuerzo concreto estamos decididos a poner en los meses que faltan del año mariano, para corresponder a la predilección que el Señor y su Santísima Madre nos demuestran constantemente? ¿Queremos quererla —no es una redundancia— más? ¿La buscamos con el afán de que nos lleve a su Hijo?

Repasemos un segundo detalle de la escena de la Visitación. Cuando María exclama su Magnificat de alabanza a Dios, la primera consideración que sale después de su boca —como antes, en la Anunciación— es el reconocimiento de su humildad, en el sentido de proclamar su nada delante de Dios; un reconocimiento que es parte esencial de esta virtud. «¡Qué grande es el valor de la humildad! —“Quia respexit humilitatem...” Por encima de la fe, de la caridad, de la pureza inmaculada, reza el himno gozoso de nuestra Madre en la casa de Zacarías: “Porque vio mi humildad, he aquí que, por esto, me llamarán bienaventurada todas las generaciones”»[8].

Señalaba San Agustín que «la morada de la caridad es la humildad»[9]. Sólo sobre una base de profunda humildad se abona el terreno para que crezca una caridad sincera. La extraordinaria humildad de la Virgen, que en todo momento quiso que Dios obrara en su alma, sin apropiarse méritos de ninguna clase, alcanzó que el Señor se inclinase hacia Ella cada vez con más amor, conduciéndola de plenitud en plenitud hasta recibirla en la gloria.

Hijas e hijos míos, aprendamos de esta Madre buena a comportarnos de igual modo en las más diversas circunstancias. Hasta el último momento, tendremos que luchar contra los enemigos de nuestra santificación; especialmente contra el amor propio, que define el principal obstáculo que se opone a nuestra unión con Dios. Pero escuchemos de nuevo a San Josemaría. En una ocasión, respondiendo a quien le preguntaba cómo luchar en este punto de la vida espiritual, insistía: «es bueno que tengas deseos de ir contra la soberbia; pero yo, sin ser profeta, te digo que tendrás inclinaciones de soberbia hasta la última hora de tu vida. Pídele al Señor que te haga humilde (...): quia respexit humilitatem ancillæ suæ (Lc 1, 48). Dios Nuestro Señor la miró porque vio la humildad de su Sierva. Por lo tanto, tú procura servir a Nuestro Señor e imitar a la Virgen en la humildad. En el Evangelio, no la encontramos a la hora de los grandes triunfos de su Hijo: la encontramos al pie de la Cruz. Pero también la encontramos ante el primer milagro: lo hace el Señor, porque se lo pide la Virgen Santísima. Pídele el milagro de que te haga humilde a ti y de que me haga humilde a mí»[10].

La meditación de los grandes privilegios de Santa María nos llena ciertamente de pasmo: ¡es tan maravillosa nuestra Madre del Cielo! La contemplamos, en la escena del Apocalipsis, vestida de sol, con la luna bajo sus pies y coronada de estrellas[11]. Sin embargo, «todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca»[12]. Desde el Cielo, en efecto, nos sigue a cada una, a cada uno, como si fuéramos su único hijo, su única hija, y no cesa en sus desvelos por nosotros, para que un día lleguemos a gozar, en unión con su Hijo y con todos los ángeles y santos, de la eterna bienaventuranza.

Se lo recordaremos una vez más, el próximo 15 de agosto, al renovar la consagración del Opus Dei a su Corazón dulcísimo e inmaculado. Fomentemos ese día la comunión de intenciones con todos los fieles de Prelatura —los que estamos en la tierra y los que ya han rendido su alma a Dios—, y de modo especial con nuestro Padre, bien unidos a la consagración que realizó en Loreto el año 1951 y a la que yo personalmente renovaré, en nombre de todos, en este año mariano. Confiemos nuestras ilusiones y nuestros proyectos a los cuidados de nuestra Madre, que —según una acertada expresión de Santo Tomás de Aquino— es «totius Trinitatis nobilis triclinium»[13], el lugar donde la Trinidad encuentra su reposo; porque —como afirma el Papa en una reciente audiencia— «con motivo de la Encarnación, en ninguna criatura, como en Ella, las tres Personas divinas inhabitan y sienten delicia y alegría por vivir en su alma llena de gracia. Por su intercesión podemos obtener cualquier ayuda»[14].

Se lo volveremos a repetir el 22 de este mismo mes, fiesta de Santa María Reina, y al día siguiente, aniversario de aquella locución divina que dejó en nuestro Padre «sabores de panal y de miel», en momentos en que lo necesitaba especialmente: adeamus cum fiducia ad thronum gloriæ, ut misericordiam consequamur!

Que sea muy intensa nuestra oración por el Santo Padre, por su Augusta Persona —también por su reposo en estos meses—, por sus intenciones, por todos los proyectos que, para bien de las almas, lleva en el corazón.

Y, al compás de todo esto, ayudadme en mis intenciones.

Con todo cariño, os bendice

vuestro Padre

+ Javier

Pamplona, 1 de agosto de 2010

[1] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 12-IV-1974.

[2] San Josemaría, Amigos de Dios, n. 291.

[3] Lc 1, 39-45.

[4] San Ambrosio, Exposición del Evangelio según San Lucas, II, 19 (PL 15, 1560).

[5] Benedicto XVI, Homilía en la solemnidad de la Asunción, 15-VIII-2009.

[6] Ibid.

[7] San Josemaría, Apuntes íntimos, n. 446 (3-XII-1931). Cit. en A. Vázquez de Prada, El Fundador del Opus Dei, vol. I, p. 341.

[8] San Josemaría, Camino, n. 598.

[9] San Agustín, La santa virginidad, 51.

[10] San Josemaría, Notas de una reunión familiar, 21-X-1972.

[11] Cfr. Ap 12, 1.

[12] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 2-I-2008.

[13] Santo Tomás de Aquino, Exposición sobre el Avemaría, cap. 1.

[14] Benedicto XVI, Discurso en la audiencia general, 23-VI-2010.